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El Múcaro, Leyenda, Puerto Rico

Cuenta la leyenda que allá en el hermoso bosque pluvial de Puerto Rico llamado El Yunque habitaban los pájaros más hermosos y coloridos de la región. Su belleza era solo comparable a la magnitud de sus tan alegres y escandalosos trinos.

Un día, cansados de solo trinar entre ellos decidieron hacer una fiesta e invitar a todos los animales del bosque, pero especialmente a las aves que vivían en las zonas más distantes. Después de repartirse equitativamente las tareas para la planeación del gran evento, las aves decidieron comisionar a una de ellas para entregar las invitaciones, siendo el águila de cola roja, o Guaraguao, la elegida para este encargo por ser la más veloz de todas y cubrir grandes distancias.

Así que muy contento Guaraguao salió a visitar a cada animal y ave residente de El Yunque para invitarlos al gran baile. Tras una jornada larga de vuelo solo le quedaba una casa por visitar, la casa de Múcaro, un pequeño búho que vivía en un árbol enorme y hueco al final del bosque. Guaraguao llamó varias veces a la puerta pero nadie salía, así que decidió asomarse por una ventana para ver si en efecto no había nadie en casa, pues Múcaro siempre acostumbraba estar en casa a esas horas. En medio de las penumbras de la casa percibió algo de movimiento, y pensando que tal vez el amigo Múcaro pudiese estar enfermo y requerir ayuda, Guaraguao decidió entrar.

Sorprendido por la inesperada visita, Múcaro desde el fondo de su casa exclamó:

-¡Guaraguao! ¿Qué haces aquí?

-Hola amigo Múcaro, he venido a traerte una invitación para nuestro gran baile del bosque, pero como no respondías a la puerta he decidido entrar pues pensé que tal vez estuvieses enfermo.

-Muchas gracias Guaraguao, pero no estoy enfermo, o quizás sí, no lo sé con certeza – contestó muy triste el pequeño búho.

-¿Qué es lo que te pasa Múcaro?

-¡Una tragedia amigo Guaraguao, una tragedia! ¡He perdido todas mis plumas y estoy desnudo! Por eso no me atrevo ni a asomarme a la puerta.

-Sí que es terrible- dijo Guaraguao tras verlo sin una sola pluma en su cuerpo- pero no te preocupes, todos tus amigos vamos a ayudarte. Solo espera a que yo regrese.

Dicho esto, Guaraguao emprendió el viaje de regreso para contarle a todos los buenos amigos alados del bosque, quienes de inmediato decidieron ayudar al pobre Múcaro. Así pues, todas las aves prestaron una de sus plumas para ayudar a vestirse al pequeño búho desnudo. Cuando juntaron suficientes plumas, Guaraguao las tomó todas y las metió con cuidado de no estropearlas en un enorme costal y se apresuró a llevárselas a Múcaro.

-¡Mira lo que te he traído!- exclamó muy contento Guaraguao mientras le entregaba a Múcaro el costal lleno de hermosas plumas de colores, y añadió – Todos tus amigos hemos estado de acuerdo en prestarte una de nuestras plumas para que te hagas un traje y puedas venir al baile con nosotros, pero luego del baile deberás devolverlas a sus dueños.

-¡Qué hermosas plumas! -contestó muy emocionado el pequeño búho, y de inmediato se puso a confeccionar su traje para el baile tras darle un sin fin de gracias a Guaraguao por el préstamo de todas las aves.

Cuando tuvo listo el traje enseguida se lo puso. Múcaro no podía dejar de mirarse en el espejo del agua, su traje sin duda sería el más hermoso y lujoso de toda la concurrencia con esas plumas verdes, amarillas rojas y azules. ¡Era un hermoso traje!

Cuando llegó el día del baile Múcaro hizo acto de presencia, siendo admirado por todos los asistentes debido a la belleza de su traje nuevo. Todos le aplaudían el buen gusto de su nuevo plumaje tan colorido y no dudaban en hacérselo saber. Aquel día Múcaro recibió muchos cumplidos, se sentía muy feliz. Sin embargo, a media fiesta Múcaro comenzó a pensar que pronto tendría que desarmar su espléndido traje y devolver todas las plumas prestadas, pues sus dueños exhibían un pequeño hueco en sus plumajes tras haberse quitado la que cada uno le prestó.

-No es justo- pensó Múcaro- ellos tienen sus plumajes completos aun con el hueco de la pluma que me prestaron, mientras que yo seguiré desnudo sin ni siquiera una sola pluma que ponerme encima. Y si las devuelvo cuando termine el baile ¿cómo volaré de nuevo hasta mi casa? Además, ¡el traje me quedó tan bonito!

Así que en medio del bullicio del baile y sin que alguien se diera cuenta, Múcaro se escabulló de la fiesta escapando lejos del bosque. Una vez que terminó el baile las aves lo buscaron para que les entregara las plumas prestadas, pero nadie pudo encontrarlo. Cuando les quedó claro que el búho desapareció para no devolver lo prestado, molestos todos sus amigos encomendaron la tarea a Guaraguao de ir a buscarlo a su casa y pedirle la devolución, sin embargo Múcaro también había abandonado su casa.

Todos los animales del bosque lo buscaron sin poder encontrarlo porque Múcaro se escondió tan bien que aún ahora solo sale en las noches. Sin embargo, poco tiempo después de la huida, el hermoso traje tan colorido perdió todo su encanto, pues las lustrosas plumas se tornaron blancas y marrones. Cuando Múcaro se dio cuenta de ello pensó en devolver las plumas, pero como ahora solo eran de dos colores no sabía a quién pertenecía cada una, además ya estaban opacas y feas ¿Cómo iba a devolverlas así estropeadas?

-Ahora mis amigos jamás me perdonarán- pensó muy triste el pequeño búho y se soltó a llorar en lo profundo de su escondite.

No se sabe si es por las plumas opacas o por haberse quedado sin amigos que desde entonces cuando el Múcaro sale por las noches se le oye cantar una triste canción en el bosque de El Yunque de su natal Puerto Rico.

Cuerpo Sin Alma (Cuento Italiano, Italo Calvino)

Había  una vez una viuda con un hijo que se llamaba Giuanin. A los trece años, éste quiso recorrer el mundo para hacer fortuna.

– ¿Para qué quieres ir a recorrer el mundo? -le dijo su madre – ¿No ves que todavía eres pequeño? Cuando seas capaz de derrumbar de un puntapié ese pino que hay al fondo de la casa, entonces podrás irte.

Desde ese día, todas las mañanas, apenas se levantaba, Giuanin cogía impulso y se lanzaba a pies juntillas contra el tronco del pino. El pino no se movía y él caía al suelo cuan largo era. Se levantaba, se sacudía el polvo de encima, y se recluía en un rincón.

Una mañana, por fin, saltó contra el árbol con todas sus fuerzas y el árbol se inclinó, se inclinó, hasta que las raíces quedaron al desnudo y el árbol cayó derribado. Giuanin corrió a avisar a su madre, quien fue a ver, lo examinó escrupulosamente y le dijo:

– Ahora, hijo mío, puedes ir donde quieras.

Giuanin se despidió de ella y se puso en marcha.

Después de varios días de viaje, llegó a una ciudad. El Rey de esa ciudad tenía un caballo que se llamaba Rondello, y nadie se atrevía a montarlo. Los que lo intentaban parecían tener éxito en un primer momento, pero luego el caballo les hacía morder el polvo. Giuanin se puso a mirar un poco y notó que el caballo se asustaba de su propia sombra. Entonces se ofreció para domar a Rondello. Fue a verlo al establo, lo llamó, lo acarició, y de pronto le saltó encima y lo llevó afuera dirigiéndole el hocico contra el sol. El caballo no veía su sombra y no se asustaba: Giuanin lo apretó con las rodillas, aflojó las bridas y partió al galope. Al cuarto de hora estaba domado, obediente como un corderito; pero no se dejaba montar sino por Giuanin.

Entonces el Rey tomó a Giuanin a su servicio, y lo apreciaba tanto que los otros criados comenzaron a tenerle envidia. Y se pusieron a pensar en cómo desembarazarse de él.

Es necesario saber que ese Rey tenía una hija, y que esta hija había sido raptada años atrás por el Mago Cuerpo sin alma y nadie sabía nada de ella. Los servidores fueron a decirle al Rey que Giuanin se había ufanado públicamente de que la liberaría. El Rey lo hizo llamar; Giuanin, caído de las nubes, le dijo que no sabía nada. Pero el Rey, cuyos ojos perdían la luz de sólo pensar que se hicieran bromas al respecto, le dijo:

– ¡O la liberas, o te hago cortar la cabeza!

Giuanin, viendo que no había modo de hacerlo entrar en razón, pidió una espada herrumbrada que pendía del muro, ensilló a Rondello y partió. Al atravesar un bosque, vio un león que le hizo señas para detenerse. Giuanin tenía un poco de miedo al león pero le disgustaba darse a la fuga, así que desmontó y le preguntó qué quería.

– Giuanin – le dijo el león – , ya ves que aquí somos cuatro: yo, un perro, un águila y una hormiga; tenemos este asno muerto para repartírnoslo; tú tienes una espada, así que divídelo en partes y di cuál nos corresponde a cada uno.

Giuanin decapitó el asno y le dio la cabeza a la hormiga.

– Toma – le dijo-  te servirá de madriguera y dentro tendrás comida hasta hartarte.

Luego cortó las patas y se las dio al perro:

– Aquí tendrás mucho hueso para roer.

Arrancó las tripas y se las dio al águila:

– Aquí tienes comida apropiada, y hasta puedes llevártela a la copa de los árboles donde te quieras posar.

Le dio el resto al león, a quien le correspondía por ser el de mayor tamaño. Montó nuevamente, y estaba a punto de partir cuando oyó que lo llamaban. «Ay de mí», pensó, «no habré hecho una división justa». Pero el león le dijo:

– Has sido un buen juez y nos hiciste un buen servicio. ¿Qué podemos ofrecerte en señal de gratitud? Aquí tienes una de mis garras; cuando te la pongas, te convertirás en el león más fiero del mundo.

Y el perro:

– Aquí tienes uno de mis bigotes; cuando te lo pongas debajo de la nariz, te convertirás en el perro más veloz que se haya visto.

Y el águila:

– Aquí tienes una pluma de mis alas; con ella podrás convertirte en el águila más grande y veloz que vuele bajo el cielo.

Y la hormiga:

– Y yo te doy una de mis patitas; cuando te la pongas te convertirás en una hormiguita, tan pero tan chiquita que ni con lentes podrán verte.

Giuanin cogió todos los regalos, les dio las gracias a los cuatro animales y partió. Aún no sabía si creer o no en la virtud de esos regalos, porque bien podían haberle gastado una broma. Pero en cuanto perdió de vista a los animales se detuvo para hacer la prueba. Se transformó en león, en perro, en águila y hormiga, luego pasó de hormiga a águila y a perro y a león y luego se convirtió en águila, en hormiga, en león y en perro y luego pasó de perro a hormiga y a león y a águila, asegurándose así de que todo funcionaba perfectamente. Reanudó la marcha muy satisfecho.

En el linde de un bosque había un lago y sobre el lago un castillo. Era el castillo del Mago Cuerpo sin alma. Giuanin se transformó en águila y voló hasta el alféizar de una ventana cerrada. Luego se transformó en hormiga y penetró en la estancia a través de una fisura. Era un bello aposento y la hija del Rey dormía bajo un dosel. Giuanin, sin dejar de ser hormiga, caminó sobre sus mejillas hasta despertarla. Entonces se quitó la patita de hormiga y la hija del Rey se vio de pronto junto a un hermoso joven.

– ¡No temas! – le dijo Giuanin haciéndole señas de que se callan -. He venido a liberarte. Es necesario que el Mago te diga qué hay que hacer para matarlo.

Cuando el Mago volvió, Giuanin volvió a convertirse en hormiga. La hija del Rey recibió al Mago con mil melindres, lo hizo sentar a sus pies, le hizo apoyar la cabeza sobre sus rodillas. Y le dijo:

– Querido Mago mío, yo sé que tú eres un cuerpo sin alma y que por lo tanto no puedes morir. Pero siempre temo que alguien descubra dónde tienes el alma y logre matarte, lo cual me entristece.

Entonces le respondió al Mago:

– A ti puedo decírtelo, pues aquí estás tan encerrada que no puedes traicionarme. Para matarme haría falta un león tan fuerte que pueda matar al león negro que hay en el bosque; muerto el león, de su vientre saldrá un perro negro tan veloz que para alcanzarlo haría falta el perro más veloz del mundo. Muerto el perro negro, saldrá de su vientre un águila negra que no sé qué águila podría vencerla. Pero aunque mataran al águila negra, habría que sacarle del vientre un huevo negro y rompérmelo en la frente para que mi alma vuele y yo muera. ¿Te parece fácil? ¿Crees que vale la pena que te pongas triste?

Giuanin todo lo escuchó con sus orejitas de hormiga; salió por la fisura con sus pasitos y volvió al alféizar. Allí volvió a convertirse en águila y voló hacia el bosque. En el bosque se transformó en león y recorrió la espesura hasta que encontró al león negro. El león negro lo atacó, pero Giuanin era el león más fuerte del mundo y lo derrotó. (En el castillo, el Mago sintió que la cabeza le daba vueltas.) Del vientre abierto del león surgió un veloz perro negro, pero Giuanin se convirtió en el perro más veloz del mundo y lo alcanzó, rodaron por tierra, mordiéndose hasta que el perro negro cayó muerto. (En el castillo, el Mago tuvo que meterse en cama.) Del vientre abierto del perro salió volando un águila negra, pero Giuanin se convirtió en el águila más grande del mundo y ambas giraron por el cielo desgarrándose con el pico y las uñas, hasta que el águila negra cerró las alas y cayó a tierra. (En el castillo, el Mago sufría una fiebre brutal y se arrebujaba bajo las colchas.)

Giuanin se convirtió en hombre, abrió el vientre del águila y halló allí el huevo negro. Se dirigió al castillo y se lo dio a la hija del Rey, que se puso muy contenta.

– ¿Pero cómo lo has hecho? -le preguntó ella.

– Cosa de nada – le dijo Giuanin-  Ahora te toca a ti.

La hija del Rey entró en el aposento del Mago.

– ¿Cómo estás?

– Ay, pobre de mí, alguien me ha traicionado…

– Te he traído una taza de caldo. Bebe.

El Mago se incorporó para sentarse y se inclinó para beber el caldo.

– Espera que le ponga un huevo, así queda más sustancioso – y con estas palabras, la hija del Rey le rompió el huevo negro en la frente. El Mago Cuerpo sin alma murió en el acto.

Giuanin, para gran alegría de todos, le devolvió la hija al Rey, quien de inmediato se la dio como esposa.

La Siempreviva (Leyenda Maya)

Cierta tarde después de la lluvia que a veces cae en verano, a las faldas del cerro Kinich Kakmó, caminaba por la zona muy tranquilo un lugareño quien escuchó una vocecita, que en forma dulce decía: «¿Eres tú Balám?» Atónito, miró a su alrededor pensando que era una imaginación suya, pero la pregunta se repitió y para su asombro, la voz salía de una flor silvestre llamada siempreviva que se hallaba a sus pies. Por si no lo sabes la siempreviva es una de tantas variedades de flores que crecen en terrenos escarpados y zonas accidentadas como acantilados y terrenos rocosos donde las condiciones de vida no son aptas para otras flores; su habilidad para almacenar agua en sus gruesas hojas les permite vivir en lugares rocosos y soleados, y aunque parece una flor frágil soporta muy bien vientos y tempestades.

Solo por curiosidad aquel hombre le contestó: «¿Quién eres que me llamas por un nombre que no es el mío?» A lo que la voz le respondió: «Entonces, tú no eres mi Balám, ni me conoces, pero si me escuchas te contaré mi historia y quien soy…»

La vocecita le contó: «Yo era una sacerdotisa del templo de Itzamaltul, hija de un principal; había hecho el voto de castidad que mi condición me exigía, lo que significaba que mi amor sería para mi dios y no para un mortal. Durante una ceremonia del juego de pelota conocí a un valiente guerrero de nombre Balám… nos enamoramos, pero de un modo u otro esto llegó a oídos de mi padre, hasta sorprendernos en una de nuestras entrevistas de amor.

Como castigo nos impuso, a mí, ser sacrificada a los pies del dios rojo «Kinich», y a él, presenciar el sacrificio al pie de la escalinata del mismo.

El trágico día para cumplir la condena llegó. Recuerdo que me pintaron y vistieron, como quienes mueren al pie del dios, como un sueño recuerdo que fui llevada y colocada en el templo del dios Kinich, ante la mirada desesperada de mi Balám para cumplir su sentencia. De repente sentí un profundo dolor al ser mi pecho desgarrado, pero mi corazón aún palpitante se arrebató de  las manos del sumo sacerdote y rodando por las escalinatas del templo llegó a los pies de mi amado Balám, quien escuchó de mí: Tómame, soy tuya,

El huyó conmigo en sus manos a esconderse, sin que nadie osara impedirlo y a la claridad de una noche de luna llena me trajo a enterrar a los pies de este templo.

Ofreció volver por mí, y lo he esperado muchas lunas llenas pero mi Balám todavía no llega»

Lo sobresaliente de la siempreviva es que mantiene su aspecto hasta un año sin agua, conservando los colores y formas.  Tal parece que aunque frágil, esta flor tiene la suficiente fuerza interna para soportar las adversidades, y ahora que conocemos su leyenda sabemos qué la motiva a sobrevivir a las adversidades del clima y del terreno: la siempreviva espera por su Balám y se mantiene hermosa solo para él.

Emocionado y conmovido por la triste la historia, el lugareño acercó sus labios para besar a la florecita y en su interior vio brillar una gota… ¿Sería de la lluvia anterior? o ¿Sería una última lágrima que la siempreviva derramaba por su Balám?… ¿Quién lo sabe?

El Mendigo, La Princesa Y el Recuerdo (Cuento, Henri Gougaud)

Érase una vez, en las montañas, una princesa llamada Denid, tan bella y melancólica como una primavera lluviosa. Una pena desconocida le corroía el alma. Vivía encerrada en oscuros pensamientos y no hablaba jamás.

Su padre, el rey, hallábase tan desolado que desesperaba ya de poder consolarla sin más ayuda que el amor que por ella sentía; así que envió por todo el país a quinientos mensajeros con vestiduras rojas y cabalgaduras negras, encomendándoles la difusión de un bando que rezaba:
– Yo, rey de las altas montañas, daré a mi hija en matrimonio a quien sea capaz de hacerle pronunciar una palabra de alegría.

Inmediatamente, un príncipe del valle, a lomos de un elefante enjaezado con bordados, se dirigió al castillo de la princesa seguido de sus ministros y saltimbanquis. Le ofreció la batahola de sus címbalos, sus cantos y sus danzas, le recitó de rodillas un arrebatado poema de amor, pero Denid, sentada en cojines de terciopelo, permaneció impasible y rígida, con su mirada glacial. Cuando el príncipe, cabizbajo, abandonó el palacio, ella ni siquiera se dignó a decirle adiós.

Llegó entonces el mercader más rico del país. Extendió sus tesoros a los pies de la princesa, cofres repletos de joyas, paños traídos de lejanas tierras. Mas ella no parecía verlo. Exaltado como un adolescente, le prometió toda clase de cosas maravillosas. Mas ella no parecía oírle. Con la cabeza ligeramente ladeada, dirigió tristemente su mirada a través de la ventana hacia el cielo y las montañas. El mercader, derrotado, se fue por donde había venido, llevándose a su caballo por la brida.

Aquel día, en el pueblo más alejado del país, un joven mendigo se enteró de lo que el rey había prometido a quien devolviera la palabra a su hija y decidió probar su suerte. Se puso pues en camino, vestido con sus ropajes harapientos y un parasol de frondas en la mano. Caminando por los senderos, se encontró con una anciana que bajaba de la montaña por entre las rocas.
– ¿Adónde vas, mendigo? -le preguntó.
– Voy a la ciudad. Quiero probar a devolver la palabra a la hija del rey, aunque mis esperanzas son pocas. Mucho me temo que sea simplemente muda.
– ¿Muda la princesa Deníd? – respondió la anciana escandalizada-. ¡Vamos hombre! ¡La princesa Denid, jovenzuelo, tiene el don de la elocuencia! ¡Te lo aseguro! Y además, posee una gran sabiduría. ¿Quieres saber por qué se niega a hablar? Pues porque se acuerda de sus vidas pasadas.

Escúchame bien y aprovecha lo que voy a decirte; hace mucho tiempo, cuando vivía en el cuerpo de una tigresa, su compañero y sus hijos fueron matados por un cazador y ella murió de pena. Volvió al mundo en el cuerpo de una perdiz, pero unos labradores prendieron fuego al matorral en que incubaba sus huevos y murió abrasada. Su siguiente existencia fue la de una alondra. Hizo su nido en un dique, a la orilla de un río. Unos niños que pasaban por allí, se divirtieron en matar a su compañero y su nidada y a ella la hicieron prisionera, muriendo en una jaula. Por eso ahora, recordando la crueldad de los hombres, les niega su compañía.
Así habló la anciana. El mendigo, de repente iluminado, se acordó de sus pasadas existencias, de que había vivido junto a una tigresa, junto a una perdiz y también con una alondra.
– ¡Salud, anciana! -le dijo-. ¡Y gracias! -Pero la anciana estaba ya lejos, correteando por entre las piedras.

Subió la montaña y encontró a la princesa Denid ante la puerta de palacio, tejiendo una manta de lana color azul. Se acercó a ella con su parasol de frondas apoyado en el hombro. La miró y le dijo dulcemente:
– Al fin te encuentro. ..
El mendigo lloró en silencio. Denid, con los dientes apretados, ni siquiera levantó su mirada hacia él.

– Hace mucho tiempo – añadió – yo fui un tigre que cayó en la trampa de un cazador. Mi compañera murió de pena. Luego volví al mundo en un cuerpo de perdiz y te vi arder con nuestros hijos. Quise salvarte y así encontré la muerte. Finalmente, cuando fuimos una pareja de alondras, yo perecí asfixiado en el puño de un niño antes de que a ti te llevaran prisionera.
Tras decir estas palabras, con la cabeza baja, el mendigo guardó silencio.

Entonces Denid, poniendo la mano en su hombro, musitó:
– Tú eres aquel al que yo aguardaba. Espero que esta vez podamos vivir sin aflicción.
La princesa le condujo a palacio. El hombre dejó sus botas y sus viejas ropas. Mientras él tomaba un baño, ella quemaba incienso. Y hasta el alba del siguiente día, no salieron de la habitación. Así comenzó su nueva vida y así termina esta historia.

El Lago Titicaca (Leyenda, Bolivia)

Cuenta la leyenda que hace miles de años, al norte de lo que hoy es Bolivia y al sur del actual Perú, hubo un hermoso valle, muy fértil, rodeado de montañas altísimas. En él vivía un pueblo feliz y sin preocupaciones, ya que los dioses de las montañas, llamados Los Apus, les proporcionaban todo lo que estos hombres necesitaban para vivir: alimento, agua, abrigo, e incluso protección de cualquier clase de peligro, por lo que los habitantes del valle vivían libres de angustias.

Sin embargo, aunque Los Apus habían puesto al alcance de los hombres muchas cosas buenas también les impusieron una sola restricción, muy simple y fácil de cumplir, y esta era que ningún hombre (o mujer) debía escalar jamás la montaña donde ardía el fuego sagrado.

El pueblo siempre había obedecido los mandatos de los dioses, después de todo, no había razón para desobedecerles pues no necesitaban nada que no tuvieran. Sin embargo, el diablo desde su trinchera por cientos de años estuvo observando, molesto, cómo la gente prosperaba y era feliz . Un mal día, el diablo harto de ver tanta paz y tranquilidad, decidió cambiar un poco las cosas para entretenerse. Así que disfrazado bajó a la tierra y comenzó a instigar a los hombres para que compitieran entre ellos para averiguar quién era el más valiente. La muestra de coraje consistía en desafiar a los dioses.

Cuando por fin se reunió un grupo de «valientes», por instrucciones del diablo se decidieron a escalar la montaña donde ardía el fuego sagrado para bajarlo a la tierra antes de que Los Apus se dieran cuenta. Pero el plan no funcionó bien para los hombres pues Los Apus sorprendieron a mitad de camino al grupo de rebeldes que ascendían cuesta arriba. Y por supuesto, dicha desobediencia tuvo un castigo, pues esta acción demostraba que los hombres ya no eran dignos de la protección benevolente de los dioses ni de todos sus regalos. Así que decidieron exterminarlos a todos.

A la mañana siguiente cientos de pumas que poblaban la montaña del fuego sagrado salieron de sus cuevas, bajaron al valle y comenzaron a devorar a todos sus habitantes. La gente pidió ayuda al diablo, pero él simplemente los ignoró porque ya había logrado su cometido.

Pero Inti, el dios del Sol, lejos de estar complacido con el castigo impuesto por los otros dioses, contemplaba la masacre con tristeza desde los cielos. Y por ello lloró tan amargamente sin parar durante cuarenta días, que sus lágrimas inundaron el valle por completo.

Con los pumas devorando a la gente y el agua de llanto inundando el valle casi toda la población murió, excepto un hombre y una mujer, quienes hicieron una barca de juncos, se subieron a ella y remaron para mantenerse lejos del alcance de los pumas. Cuando cesó el llanto de Inti, el dios sol por fin volvió a brillar. Entonces la pareja de sobrevivientes vio que se encontraban navegando sobre un lago enorme, como resultado de todas las lágrimas derramadas. Y sobre las aguas de este lago podían verse a lo lejos los pumas ahogados transformados en estatuas de piedra.

Fue así que esta pareja llamó al enorme lago «Titicaca» pues  Titi significa gato (puma), mientras Qaqa significa piedra en la lengua autóctona, y esta es la leyenda de cómo llegó a existir El Lago de los Pumas de Piedra, o mejor conocido simplemente como el lago Titicaca.

El Sastre En El Cielo (Cuento, Los Hermanos Grimm)

Un día, en que el tiempo era muy hermoso, Dios Nuestro Señor quiso dar un paseo por los jardines celestiales, y se hizo acompañar por todos los apóstoles y los santos; por lo que en el Cielo sólo quedó San Pedro. El Señor le había encomendado que no permitiese entrar a nadie durante su ausencia, por lo que San Pedro no se movió de la puerta para vigilar. Al cabo de poco llamaron, y Pedro preguntó quién era y qué quería.

– Soy un pobre y honrado sastre – respondió una vocecita suave – que os ruego la dejéis entrar.

– ¡Sí – refunfuñó San Pedro – honrado como el ladrón que cuelga de la horca! ¡No habrás hecho tú correr los dedos, hurtando el paño a tus clientes! No entrarás en el Cielo, Nuestro Señor me ha prohibido que deje pasar a nadie mientras él esté fuera.

– ¡Un poco de compasión! – suplicó el sastre – Por un retalito que cae de la mesa, ¡eso no es robar! Ni merece la pena hablar de esto. Mirad, soy cojo, y con esta caminata me han salido ampollas en los pies. No tengo ánimos para volverme atrás. Dejadme sólo entrar, cuidaré de todas las faenas pesadas: llevar los niños, lavar pañales, limpiar y secar los bancos en que juegan, y remendaré sus ropitas…

San Pedro se compadeció del sastre cojo y entreabrió la puerta del paraíso, lo justo para que su escuálido cuerpo pudiera deslizarse por el resquicio. Luego mandó al hombre que se sentase en un rincón, detrás de la puerta, y estuviese allí bien quieto y callado, para que el Señor al volver no lo viera y se enojara. El sastre obedeció. Al cabo de poco, San Pedro salió un momento. El sastre se levantó y, aprovechando la oportunidad, se dedicó a curiosear por todos los rincones del Cielo. Llegó, finalmente, a un lugar donde había unas sillas preciosísimas y, en el centro, un trono todo de oro. Estaba adornado con reluciente pedrería, era mucho más alto que las sillas y tenía delante un escabel, también de oro. Era el sillón donde se sienta Nuestro Señor cuando está en casa, y desde el cual puede ver cuanto ocurre en la Tierra. El sastre contempló atónito aquel sillón durante un buen rato, pues le gustaba mucho más que todo lo que había visto. Al fin, impertinente como era, no pudo dominarse más: se subió al trono y se sentó. Entonces, vio todo lo que estaba ocurriendo en la Tierra; y así pudo observar que una vieja muy fea que estaba lavando en un arroyo, apartaba disimuladamente dos pañuelos. El sastre, al verlo, se enfureció de tal modo que empuñó el escabel de oro y lo arrojó, cielo a través, contra la vieja ladrona. Luego, se dio cuenta de que no podría recuperar el escabel, y se bajó con disimulo del trono y volvió a sus sitio detrás de la puerta, con el aire de quien nunca ha roto un plato.

Al regresar Nuestro Señor con su séquito celestial, no reparó en el hombre sentado en la portería; pero al querer ocupar su asiento habitual, echó a faltar el escabel. Preguntó a San Pedro dónde se encontraba, mas el santo no supo responder. Volvióle a preguntar entonces si había permitido entrar a alguien.

– No sé de nadie que haya estado aquí – contestó San Pedro – a excepción de un sastre cojo que está sentado detrás de la puerta.

Nuestro Señor mandó comparecer al sastre, y le preguntó si se había llevado el escabel y qué había hecho con él.

– ¡Oh, Señor! – respondió el sastre alborozado – me he enfadado mucho, porque en la Tierra he visto una vieja lavando que robaba dos pañuelos, y le arrojé el escabel a la cabeza.

– ¡Gran pícaro! – lo increpó el Señor – Si yo juzgase como tú haces, ¿qué sería de ti hace mucho tiempo? No tendría ni sillas, ni bancos, ni trono, ni siquiera atizador de horno, porque todo lo habría arrojado contra los pecadores. Desde este momento, no seguirás en el Cielo, sino que te quedarás afuera, en la puerta. ¡Así que, mira a dónde vas! Aquí nadie puede castigar sino yo, el Señor.

San Pedro hubo de echar al sastre, el cual, como tenía rotos los zapatos y los pies llenos de ampollas, empuñando un bastón se dirigió al limbo, donde residen los soldados piadosos y lo pasan lo mejor posible.