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Anoche Cuando Dormía (Antonio Machado)

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

La Siempreviva (Leyenda Maya)

Cierta tarde después de la lluvia que a veces cae en verano, a las faldas del cerro Kinich Kakmó, caminaba por la zona muy tranquilo un lugareño quien escuchó una vocecita, que en forma dulce decía: «¿Eres tú Balám?» Atónito, miró a su alrededor pensando que era una imaginación suya, pero la pregunta se repitió y para su asombro, la voz salía de una flor silvestre llamada siempreviva que se hallaba a sus pies. Por si no lo sabes la siempreviva es una de tantas variedades de flores que crecen en terrenos escarpados y zonas accidentadas como acantilados y terrenos rocosos donde las condiciones de vida no son aptas para otras flores; su habilidad para almacenar agua en sus gruesas hojas les permite vivir en lugares rocosos y soleados, y aunque parece una flor frágil soporta muy bien vientos y tempestades.

Solo por curiosidad aquel hombre le contestó: «¿Quién eres que me llamas por un nombre que no es el mío?» A lo que la voz le respondió: «Entonces, tú no eres mi Balám, ni me conoces, pero si me escuchas te contaré mi historia y quien soy…»

La vocecita le contó: «Yo era una sacerdotisa del templo de Itzamaltul, hija de un principal; había hecho el voto de castidad que mi condición me exigía, lo que significaba que mi amor sería para mi dios y no para un mortal. Durante una ceremonia del juego de pelota conocí a un valiente guerrero de nombre Balám… nos enamoramos, pero de un modo u otro esto llegó a oídos de mi padre, hasta sorprendernos en una de nuestras entrevistas de amor.

Como castigo nos impuso, a mí, ser sacrificada a los pies del dios rojo «Kinich», y a él, presenciar el sacrificio al pie de la escalinata del mismo.

El trágico día para cumplir la condena llegó. Recuerdo que me pintaron y vistieron, como quienes mueren al pie del dios, como un sueño recuerdo que fui llevada y colocada en el templo del dios Kinich, ante la mirada desesperada de mi Balám para cumplir su sentencia. De repente sentí un profundo dolor al ser mi pecho desgarrado, pero mi corazón aún palpitante se arrebató de  las manos del sumo sacerdote y rodando por las escalinatas del templo llegó a los pies de mi amado Balám, quien escuchó de mí: Tómame, soy tuya,

El huyó conmigo en sus manos a esconderse, sin que nadie osara impedirlo y a la claridad de una noche de luna llena me trajo a enterrar a los pies de este templo.

Ofreció volver por mí, y lo he esperado muchas lunas llenas pero mi Balám todavía no llega»

Lo sobresaliente de la siempreviva es que mantiene su aspecto hasta un año sin agua, conservando los colores y formas.  Tal parece que aunque frágil, esta flor tiene la suficiente fuerza interna para soportar las adversidades, y ahora que conocemos su leyenda sabemos qué la motiva a sobrevivir a las adversidades del clima y del terreno: la siempreviva espera por su Balám y se mantiene hermosa solo para él.

Emocionado y conmovido por la triste la historia, el lugareño acercó sus labios para besar a la florecita y en su interior vio brillar una gota… ¿Sería de la lluvia anterior? o ¿Sería una última lágrima que la siempreviva derramaba por su Balám?… ¿Quién lo sabe?

Tú, Que Nunca Serás (Alfonsina Storni)

Sábado fue, y capricho el beso dado,
capricho de varón, audaz y fino,
mas fue dulce el capricho masculino
a este mi corazón, lobezno alado.

No es que crea, no creo, si inclinado
sobre mis manos te sentí divino,
y me embriagué. Comprendo que este vino
no es para mí, mas juega y rueda el dado.

Yo soy esa mujer que vive alerta,
tú el tremendo varón que se despierta
en un torrente que se ensancha en río,

y más se encrespa mientras corre y poda.
Ah, me resisto, más me tiene toda,
tú, que nunca serás del todo mío.

Decir, Hacer (Octavio Paz)

Entre lo que veo y digo,
Entre lo que digo y callo,
Entre lo que callo y sueño,
Entre lo que sueño y olvido
La poesía.
Se desliza entre el sí y el no:
dice
lo que callo,
calla
lo que digo,
sueña
lo que olvido.
No es un decir:
es un hacer.
Es un hacer
que es un decir.
La poesía
se dice y se oye:
es real.
Y apenas digo
es real,
se disipa.
¿Así es más real?
Idea palpable,
palabra
impalpable:
la poesía
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.
Teje reflejos
y los desteje.
La poesía
siembra ojos en las páginas
siembra palabras en los ojos.
Los ojos hablan
las palabras miran,
las miradas piensan.
Oír
los pensamientos,
ver
lo que decimos
tocar
el cuerpo
de la idea.
Los ojos
se cierran
Las palabras se abren.

El Mendigo, La Princesa Y el Recuerdo (Cuento, Henri Gougaud)

Érase una vez, en las montañas, una princesa llamada Denid, tan bella y melancólica como una primavera lluviosa. Una pena desconocida le corroía el alma. Vivía encerrada en oscuros pensamientos y no hablaba jamás.

Su padre, el rey, hallábase tan desolado que desesperaba ya de poder consolarla sin más ayuda que el amor que por ella sentía; así que envió por todo el país a quinientos mensajeros con vestiduras rojas y cabalgaduras negras, encomendándoles la difusión de un bando que rezaba:
– Yo, rey de las altas montañas, daré a mi hija en matrimonio a quien sea capaz de hacerle pronunciar una palabra de alegría.

Inmediatamente, un príncipe del valle, a lomos de un elefante enjaezado con bordados, se dirigió al castillo de la princesa seguido de sus ministros y saltimbanquis. Le ofreció la batahola de sus címbalos, sus cantos y sus danzas, le recitó de rodillas un arrebatado poema de amor, pero Denid, sentada en cojines de terciopelo, permaneció impasible y rígida, con su mirada glacial. Cuando el príncipe, cabizbajo, abandonó el palacio, ella ni siquiera se dignó a decirle adiós.

Llegó entonces el mercader más rico del país. Extendió sus tesoros a los pies de la princesa, cofres repletos de joyas, paños traídos de lejanas tierras. Mas ella no parecía verlo. Exaltado como un adolescente, le prometió toda clase de cosas maravillosas. Mas ella no parecía oírle. Con la cabeza ligeramente ladeada, dirigió tristemente su mirada a través de la ventana hacia el cielo y las montañas. El mercader, derrotado, se fue por donde había venido, llevándose a su caballo por la brida.

Aquel día, en el pueblo más alejado del país, un joven mendigo se enteró de lo que el rey había prometido a quien devolviera la palabra a su hija y decidió probar su suerte. Se puso pues en camino, vestido con sus ropajes harapientos y un parasol de frondas en la mano. Caminando por los senderos, se encontró con una anciana que bajaba de la montaña por entre las rocas.
– ¿Adónde vas, mendigo? -le preguntó.
– Voy a la ciudad. Quiero probar a devolver la palabra a la hija del rey, aunque mis esperanzas son pocas. Mucho me temo que sea simplemente muda.
– ¿Muda la princesa Deníd? – respondió la anciana escandalizada-. ¡Vamos hombre! ¡La princesa Denid, jovenzuelo, tiene el don de la elocuencia! ¡Te lo aseguro! Y además, posee una gran sabiduría. ¿Quieres saber por qué se niega a hablar? Pues porque se acuerda de sus vidas pasadas.

Escúchame bien y aprovecha lo que voy a decirte; hace mucho tiempo, cuando vivía en el cuerpo de una tigresa, su compañero y sus hijos fueron matados por un cazador y ella murió de pena. Volvió al mundo en el cuerpo de una perdiz, pero unos labradores prendieron fuego al matorral en que incubaba sus huevos y murió abrasada. Su siguiente existencia fue la de una alondra. Hizo su nido en un dique, a la orilla de un río. Unos niños que pasaban por allí, se divirtieron en matar a su compañero y su nidada y a ella la hicieron prisionera, muriendo en una jaula. Por eso ahora, recordando la crueldad de los hombres, les niega su compañía.
Así habló la anciana. El mendigo, de repente iluminado, se acordó de sus pasadas existencias, de que había vivido junto a una tigresa, junto a una perdiz y también con una alondra.
– ¡Salud, anciana! -le dijo-. ¡Y gracias! -Pero la anciana estaba ya lejos, correteando por entre las piedras.

Subió la montaña y encontró a la princesa Denid ante la puerta de palacio, tejiendo una manta de lana color azul. Se acercó a ella con su parasol de frondas apoyado en el hombro. La miró y le dijo dulcemente:
– Al fin te encuentro. ..
El mendigo lloró en silencio. Denid, con los dientes apretados, ni siquiera levantó su mirada hacia él.

– Hace mucho tiempo – añadió – yo fui un tigre que cayó en la trampa de un cazador. Mi compañera murió de pena. Luego volví al mundo en un cuerpo de perdiz y te vi arder con nuestros hijos. Quise salvarte y así encontré la muerte. Finalmente, cuando fuimos una pareja de alondras, yo perecí asfixiado en el puño de un niño antes de que a ti te llevaran prisionera.
Tras decir estas palabras, con la cabeza baja, el mendigo guardó silencio.

Entonces Denid, poniendo la mano en su hombro, musitó:
– Tú eres aquel al que yo aguardaba. Espero que esta vez podamos vivir sin aflicción.
La princesa le condujo a palacio. El hombre dejó sus botas y sus viejas ropas. Mientras él tomaba un baño, ella quemaba incienso. Y hasta el alba del siguiente día, no salieron de la habitación. Así comenzó su nueva vida y así termina esta historia.

¡Oh mar, no esperes más! (Julia De Burgos)

Tengo caído el sueño,
y la voz suspendida de mariposas muertas.
El corazón me sube amontonado y solo
a derrotar auroras en mis párpados.
Perdida va mi risa
por la ciudad del viento más triste y devastada.
Mi sed camina en ríos agotados y turbios,
rota y despedazándose.
Amapolas de luz, mis manos fueron fértiles
tentaciones de incendio.
Hoy, cenizas me tumban para el nido distante.
¡Oh mar, no esperes más!
Casi voy por la vida como gruta de escombros.
Ya ni el mismo silencio se detiene en mi nombre.
Inútilmente estiro mi camino sin luces.
Como muertos sin sitio se sublevan mis voces.
¡Oh mar, no esperes más!
Déjame amar tus brazos con la misma agonía
con que un día nací. Dame tu pecho azul,
y seremos por siempre el corazón del llanto?