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Una Idea (Julio Cortázar)

Una idea incandescente se me vino esta mañana
una antorcha que flameaba en lo alto de mi mente
pero sola y sin refuerzos tal vez pierda la batalla
ya librada de hace tiempo por tu brillo y un cobarde

un cobarde que vacila entre el olvido y tras la nada
que vacila tras tus pasos y tu melódica mirada
que se pierde encandilado tras el grito de tus ojos
que se aturde enceguecido tras el brillo de tu nombre

que se esconde tras las letras de algún otro nombre
y aún así no se atreve a gritar de quien se esconde
que hace frente tan valiente a enredadas tempestades
y se escapa como un niño al descubrirse a tu lado

que amanece al medio día y se duerme al despedirte
que susurra tan potente y que grita tan despacio
que camina tan de prisa y con los ojos bien cerrados
sin valor por la cornisa que conduce a tu palacio

Una idea de coraje se me vino esta mañana
de sentarnos frente a frente y quitarme el camuflaje
de soplar mis emociones y transformarlas en palabras
en palabras que te expliquen como cae el agua helada

Una idea tan sublime como tantas que me diste
tan tardía y predecible como tantas he tenido
pero sola y sin refuerzos de valor y otros aliados
ha perdido la batalla
ya es de noche
ya te fuiste.

El Múcaro, Leyenda, Puerto Rico

Cuenta la leyenda que allá en el hermoso bosque pluvial de Puerto Rico llamado El Yunque habitaban los pájaros más hermosos y coloridos de la región. Su belleza era solo comparable a la magnitud de sus tan alegres y escandalosos trinos.

Un día, cansados de solo trinar entre ellos decidieron hacer una fiesta e invitar a todos los animales del bosque, pero especialmente a las aves que vivían en las zonas más distantes. Después de repartirse equitativamente las tareas para la planeación del gran evento, las aves decidieron comisionar a una de ellas para entregar las invitaciones, siendo el águila de cola roja, o Guaraguao, la elegida para este encargo por ser la más veloz de todas y cubrir grandes distancias.

Así que muy contento Guaraguao salió a visitar a cada animal y ave residente de El Yunque para invitarlos al gran baile. Tras una jornada larga de vuelo solo le quedaba una casa por visitar, la casa de Múcaro, un pequeño búho que vivía en un árbol enorme y hueco al final del bosque. Guaraguao llamó varias veces a la puerta pero nadie salía, así que decidió asomarse por una ventana para ver si en efecto no había nadie en casa, pues Múcaro siempre acostumbraba estar en casa a esas horas. En medio de las penumbras de la casa percibió algo de movimiento, y pensando que tal vez el amigo Múcaro pudiese estar enfermo y requerir ayuda, Guaraguao decidió entrar.

Sorprendido por la inesperada visita, Múcaro desde el fondo de su casa exclamó:

-¡Guaraguao! ¿Qué haces aquí?

-Hola amigo Múcaro, he venido a traerte una invitación para nuestro gran baile del bosque, pero como no respondías a la puerta he decidido entrar pues pensé que tal vez estuvieses enfermo.

-Muchas gracias Guaraguao, pero no estoy enfermo, o quizás sí, no lo sé con certeza – contestó muy triste el pequeño búho.

-¿Qué es lo que te pasa Múcaro?

-¡Una tragedia amigo Guaraguao, una tragedia! ¡He perdido todas mis plumas y estoy desnudo! Por eso no me atrevo ni a asomarme a la puerta.

-Sí que es terrible- dijo Guaraguao tras verlo sin una sola pluma en su cuerpo- pero no te preocupes, todos tus amigos vamos a ayudarte. Solo espera a que yo regrese.

Dicho esto, Guaraguao emprendió el viaje de regreso para contarle a todos los buenos amigos alados del bosque, quienes de inmediato decidieron ayudar al pobre Múcaro. Así pues, todas las aves prestaron una de sus plumas para ayudar a vestirse al pequeño búho desnudo. Cuando juntaron suficientes plumas, Guaraguao las tomó todas y las metió con cuidado de no estropearlas en un enorme costal y se apresuró a llevárselas a Múcaro.

-¡Mira lo que te he traído!- exclamó muy contento Guaraguao mientras le entregaba a Múcaro el costal lleno de hermosas plumas de colores, y añadió – Todos tus amigos hemos estado de acuerdo en prestarte una de nuestras plumas para que te hagas un traje y puedas venir al baile con nosotros, pero luego del baile deberás devolverlas a sus dueños.

-¡Qué hermosas plumas! -contestó muy emocionado el pequeño búho, y de inmediato se puso a confeccionar su traje para el baile tras darle un sin fin de gracias a Guaraguao por el préstamo de todas las aves.

Cuando tuvo listo el traje enseguida se lo puso. Múcaro no podía dejar de mirarse en el espejo del agua, su traje sin duda sería el más hermoso y lujoso de toda la concurrencia con esas plumas verdes, amarillas rojas y azules. ¡Era un hermoso traje!

Cuando llegó el día del baile Múcaro hizo acto de presencia, siendo admirado por todos los asistentes debido a la belleza de su traje nuevo. Todos le aplaudían el buen gusto de su nuevo plumaje tan colorido y no dudaban en hacérselo saber. Aquel día Múcaro recibió muchos cumplidos, se sentía muy feliz. Sin embargo, a media fiesta Múcaro comenzó a pensar que pronto tendría que desarmar su espléndido traje y devolver todas las plumas prestadas, pues sus dueños exhibían un pequeño hueco en sus plumajes tras haberse quitado la que cada uno le prestó.

-No es justo- pensó Múcaro- ellos tienen sus plumajes completos aun con el hueco de la pluma que me prestaron, mientras que yo seguiré desnudo sin ni siquiera una sola pluma que ponerme encima. Y si las devuelvo cuando termine el baile ¿cómo volaré de nuevo hasta mi casa? Además, ¡el traje me quedó tan bonito!

Así que en medio del bullicio del baile y sin que alguien se diera cuenta, Múcaro se escabulló de la fiesta escapando lejos del bosque. Una vez que terminó el baile las aves lo buscaron para que les entregara las plumas prestadas, pero nadie pudo encontrarlo. Cuando les quedó claro que el búho desapareció para no devolver lo prestado, molestos todos sus amigos encomendaron la tarea a Guaraguao de ir a buscarlo a su casa y pedirle la devolución, sin embargo Múcaro también había abandonado su casa.

Todos los animales del bosque lo buscaron sin poder encontrarlo porque Múcaro se escondió tan bien que aún ahora solo sale en las noches. Sin embargo, poco tiempo después de la huida, el hermoso traje tan colorido perdió todo su encanto, pues las lustrosas plumas se tornaron blancas y marrones. Cuando Múcaro se dio cuenta de ello pensó en devolver las plumas, pero como ahora solo eran de dos colores no sabía a quién pertenecía cada una, además ya estaban opacas y feas ¿Cómo iba a devolverlas así estropeadas?

-Ahora mis amigos jamás me perdonarán- pensó muy triste el pequeño búho y se soltó a llorar en lo profundo de su escondite.

No se sabe si es por las plumas opacas o por haberse quedado sin amigos que desde entonces cuando el Múcaro sale por las noches se le oye cantar una triste canción en el bosque de El Yunque de su natal Puerto Rico.

Rima XXXIV (Gustavo Adolfo Bécquer)

Cruza callada, y son sus movimientos
silenciosa armonía:
suenan sus pasos, y al sonar recuerdan
del himno alado la cadencia rítmica.

Los ojos entreabre, aquellos ojos
tan claros como el día;
y la tierra y el cielo, cuanto abarcan,
arden con nueva luz en sus pupilas.

Ríe, y su carcajada tiene notas
del agua fugitiva;
llora, y es cada lágrima un poema
de ternura infinita.

Ella tiene la luz, tiene el perfume,
el color y la línea,
la forma engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía.

¿Qué es estúpida? ¡Bah! Mientras callando
guarde oscuro el enigma,
siempre valdrá lo que yo creo que calla
más que lo que cualquiera otra me diga.

La Madre Triste (Gabriela Mistral)

Duerme, duerme, dueño mío,
sin zozobra, sin temor,
aunque no se duerma mi alma,
aunque no descanse yo.

Duerme, duerme y en la noche
seas tú menos rumor
que la hoja de la hierba,
que la seda del vellón.

Duerma en ti la carne mía,
mi zozobra, mi temblor.
En ti ciérrense mis ojos:
¡duerma en ti mi corazón!

Cuerpo Sin Alma (Cuento Italiano, Italo Calvino)

Había  una vez una viuda con un hijo que se llamaba Giuanin. A los trece años, éste quiso recorrer el mundo para hacer fortuna.

– ¿Para qué quieres ir a recorrer el mundo? -le dijo su madre – ¿No ves que todavía eres pequeño? Cuando seas capaz de derrumbar de un puntapié ese pino que hay al fondo de la casa, entonces podrás irte.

Desde ese día, todas las mañanas, apenas se levantaba, Giuanin cogía impulso y se lanzaba a pies juntillas contra el tronco del pino. El pino no se movía y él caía al suelo cuan largo era. Se levantaba, se sacudía el polvo de encima, y se recluía en un rincón.

Una mañana, por fin, saltó contra el árbol con todas sus fuerzas y el árbol se inclinó, se inclinó, hasta que las raíces quedaron al desnudo y el árbol cayó derribado. Giuanin corrió a avisar a su madre, quien fue a ver, lo examinó escrupulosamente y le dijo:

– Ahora, hijo mío, puedes ir donde quieras.

Giuanin se despidió de ella y se puso en marcha.

Después de varios días de viaje, llegó a una ciudad. El Rey de esa ciudad tenía un caballo que se llamaba Rondello, y nadie se atrevía a montarlo. Los que lo intentaban parecían tener éxito en un primer momento, pero luego el caballo les hacía morder el polvo. Giuanin se puso a mirar un poco y notó que el caballo se asustaba de su propia sombra. Entonces se ofreció para domar a Rondello. Fue a verlo al establo, lo llamó, lo acarició, y de pronto le saltó encima y lo llevó afuera dirigiéndole el hocico contra el sol. El caballo no veía su sombra y no se asustaba: Giuanin lo apretó con las rodillas, aflojó las bridas y partió al galope. Al cuarto de hora estaba domado, obediente como un corderito; pero no se dejaba montar sino por Giuanin.

Entonces el Rey tomó a Giuanin a su servicio, y lo apreciaba tanto que los otros criados comenzaron a tenerle envidia. Y se pusieron a pensar en cómo desembarazarse de él.

Es necesario saber que ese Rey tenía una hija, y que esta hija había sido raptada años atrás por el Mago Cuerpo sin alma y nadie sabía nada de ella. Los servidores fueron a decirle al Rey que Giuanin se había ufanado públicamente de que la liberaría. El Rey lo hizo llamar; Giuanin, caído de las nubes, le dijo que no sabía nada. Pero el Rey, cuyos ojos perdían la luz de sólo pensar que se hicieran bromas al respecto, le dijo:

– ¡O la liberas, o te hago cortar la cabeza!

Giuanin, viendo que no había modo de hacerlo entrar en razón, pidió una espada herrumbrada que pendía del muro, ensilló a Rondello y partió. Al atravesar un bosque, vio un león que le hizo señas para detenerse. Giuanin tenía un poco de miedo al león pero le disgustaba darse a la fuga, así que desmontó y le preguntó qué quería.

– Giuanin – le dijo el león – , ya ves que aquí somos cuatro: yo, un perro, un águila y una hormiga; tenemos este asno muerto para repartírnoslo; tú tienes una espada, así que divídelo en partes y di cuál nos corresponde a cada uno.

Giuanin decapitó el asno y le dio la cabeza a la hormiga.

– Toma – le dijo-  te servirá de madriguera y dentro tendrás comida hasta hartarte.

Luego cortó las patas y se las dio al perro:

– Aquí tendrás mucho hueso para roer.

Arrancó las tripas y se las dio al águila:

– Aquí tienes comida apropiada, y hasta puedes llevártela a la copa de los árboles donde te quieras posar.

Le dio el resto al león, a quien le correspondía por ser el de mayor tamaño. Montó nuevamente, y estaba a punto de partir cuando oyó que lo llamaban. «Ay de mí», pensó, «no habré hecho una división justa». Pero el león le dijo:

– Has sido un buen juez y nos hiciste un buen servicio. ¿Qué podemos ofrecerte en señal de gratitud? Aquí tienes una de mis garras; cuando te la pongas, te convertirás en el león más fiero del mundo.

Y el perro:

– Aquí tienes uno de mis bigotes; cuando te lo pongas debajo de la nariz, te convertirás en el perro más veloz que se haya visto.

Y el águila:

– Aquí tienes una pluma de mis alas; con ella podrás convertirte en el águila más grande y veloz que vuele bajo el cielo.

Y la hormiga:

– Y yo te doy una de mis patitas; cuando te la pongas te convertirás en una hormiguita, tan pero tan chiquita que ni con lentes podrán verte.

Giuanin cogió todos los regalos, les dio las gracias a los cuatro animales y partió. Aún no sabía si creer o no en la virtud de esos regalos, porque bien podían haberle gastado una broma. Pero en cuanto perdió de vista a los animales se detuvo para hacer la prueba. Se transformó en león, en perro, en águila y hormiga, luego pasó de hormiga a águila y a perro y a león y luego se convirtió en águila, en hormiga, en león y en perro y luego pasó de perro a hormiga y a león y a águila, asegurándose así de que todo funcionaba perfectamente. Reanudó la marcha muy satisfecho.

En el linde de un bosque había un lago y sobre el lago un castillo. Era el castillo del Mago Cuerpo sin alma. Giuanin se transformó en águila y voló hasta el alféizar de una ventana cerrada. Luego se transformó en hormiga y penetró en la estancia a través de una fisura. Era un bello aposento y la hija del Rey dormía bajo un dosel. Giuanin, sin dejar de ser hormiga, caminó sobre sus mejillas hasta despertarla. Entonces se quitó la patita de hormiga y la hija del Rey se vio de pronto junto a un hermoso joven.

– ¡No temas! – le dijo Giuanin haciéndole señas de que se callan -. He venido a liberarte. Es necesario que el Mago te diga qué hay que hacer para matarlo.

Cuando el Mago volvió, Giuanin volvió a convertirse en hormiga. La hija del Rey recibió al Mago con mil melindres, lo hizo sentar a sus pies, le hizo apoyar la cabeza sobre sus rodillas. Y le dijo:

– Querido Mago mío, yo sé que tú eres un cuerpo sin alma y que por lo tanto no puedes morir. Pero siempre temo que alguien descubra dónde tienes el alma y logre matarte, lo cual me entristece.

Entonces le respondió al Mago:

– A ti puedo decírtelo, pues aquí estás tan encerrada que no puedes traicionarme. Para matarme haría falta un león tan fuerte que pueda matar al león negro que hay en el bosque; muerto el león, de su vientre saldrá un perro negro tan veloz que para alcanzarlo haría falta el perro más veloz del mundo. Muerto el perro negro, saldrá de su vientre un águila negra que no sé qué águila podría vencerla. Pero aunque mataran al águila negra, habría que sacarle del vientre un huevo negro y rompérmelo en la frente para que mi alma vuele y yo muera. ¿Te parece fácil? ¿Crees que vale la pena que te pongas triste?

Giuanin todo lo escuchó con sus orejitas de hormiga; salió por la fisura con sus pasitos y volvió al alféizar. Allí volvió a convertirse en águila y voló hacia el bosque. En el bosque se transformó en león y recorrió la espesura hasta que encontró al león negro. El león negro lo atacó, pero Giuanin era el león más fuerte del mundo y lo derrotó. (En el castillo, el Mago sintió que la cabeza le daba vueltas.) Del vientre abierto del león surgió un veloz perro negro, pero Giuanin se convirtió en el perro más veloz del mundo y lo alcanzó, rodaron por tierra, mordiéndose hasta que el perro negro cayó muerto. (En el castillo, el Mago tuvo que meterse en cama.) Del vientre abierto del perro salió volando un águila negra, pero Giuanin se convirtió en el águila más grande del mundo y ambas giraron por el cielo desgarrándose con el pico y las uñas, hasta que el águila negra cerró las alas y cayó a tierra. (En el castillo, el Mago sufría una fiebre brutal y se arrebujaba bajo las colchas.)

Giuanin se convirtió en hombre, abrió el vientre del águila y halló allí el huevo negro. Se dirigió al castillo y se lo dio a la hija del Rey, que se puso muy contenta.

– ¿Pero cómo lo has hecho? -le preguntó ella.

– Cosa de nada – le dijo Giuanin-  Ahora te toca a ti.

La hija del Rey entró en el aposento del Mago.

– ¿Cómo estás?

– Ay, pobre de mí, alguien me ha traicionado…

– Te he traído una taza de caldo. Bebe.

El Mago se incorporó para sentarse y se inclinó para beber el caldo.

– Espera que le ponga un huevo, así queda más sustancioso – y con estas palabras, la hija del Rey le rompió el huevo negro en la frente. El Mago Cuerpo sin alma murió en el acto.

Giuanin, para gran alegría de todos, le devolvió la hija al Rey, quien de inmediato se la dio como esposa.

Soy (Jorge Luis Borges)

Soy el que sabe que no es menos vano
que el vano observador que en el espejo
de silencio y cristal sigue el reflejo
o el cuerpo (da lo mismo) del hermano.

Soy, tácitos amigos, el que sabe
que no hay otra venganza que el olvido
ni otro perdón. Un dios ha concedido
al odio humano esta curiosa llave.

Soy el que pese a tan ilustres modos
de errar, no ha descifrado el laberinto
singular y plural, arduo y distinto,

del tiempo, que es uno y es de todos.
Soy el que es nadie, el que no fue una espada
en la guerra. Soy eco, olvido, nada.