Reflexiones

Cierto día un profesor de bachillerato que impartía la materia de filosofía inició su clase lanzando una pregunta a su alumnado

-Bueno ¿y cómo arreglamos el mundo?

Se oyeron muchas respuestas por todo el recinto, los más apasionados en la materia filosofaron lanzando preguntas alrededor de la idea de identificar en primera instancia qué es lo que hace que algo necesite ser arreglado, otros fueron más prácticos y se volcaron de inmediato hacia la ecología y programas para el cuidado del medio ambiente, los que se consideraban más listos hablaron de soluciones tecnológicas y avances en el campo de la medicina y otras ciencias.

En breve se armó el revuelo en el aula con la lluvia de ideas en medio de bandos a favor y en contra de cada argumento expuesto.

Ante la discusión el profesor hizo callar a todos y entonces les relató una historia sobre una estudiante que a su vez le preguntó en cierta ocasión a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba la primera señal de civilización en una cultura. La estudiante esperaba que la antropóloga mencionara anzuelos, cazos de arcilla o piedras para afilar, pero no. En vez de eso la doctora Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua es la prueba de una persona con un fémur roto y curado. Ella explicó que en el reino animal, quién tenga una pierna o un hueso roto muere, ya que no puede huir del peligro, ir al río a beber agua o cazar para alimentarse. Quién tiene una pierna rota se convierte enseguida en presa fácil para los depredadores circundantes pues ningún animal sobrevive a una extremidad rota el tiempo suficiente para que dicho hueso sane. En cambio un fémur roto que posteriormente se curó es la prueba de que hubo alguien que se tomó el tiempo para quedarse con el que cayó, curar la lesión, poner a salvo a la persona y cuidarle hasta su total recuperación. «Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización», explicó la doctora Mead a aquella estudiante.

Después de escuchar esta historia el profesor volvió a preguntar a sus alumnos

-Y bien ¿qué les parece esa historia? ¿cómo arreglamos el mundo?

De nuevo se armó el barullo, esta vez con más partidarios por el desarrollo de la medicina, hasta que afuera del salón se oyó resonar la voz de una niña de 6to grado que esperaba a que su hermana saliera de clases, diciendo:

-No perdiendo nuestra humanidad ni lo esencial que nos convierte en civilización: la empatía por el dolor ajeno.

Estimado lector ¿cómo crees que se arregla el mundo? ¿será que la respuesta correcta la tienen los niños en sus manos?

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