Las Manchas Del Jaguar (Cuento Maya)

Hace mucho mucho tiempo había un hermoso jaguar de pelaje dorado y brillante que se paseaba por los alrededores de lo que hoy es conocido como la península de Yucatán. Este hermoso felino gozaba de buena salud y era muy feliz porque su estampa era tan fina que todos los animales admiraban su belleza. Además, tenía alimentos de sobra a su alcance, se llevaba muy bien con el resto de animales, y se sentía dichoso porque despertaba cada mañana en uno de los lugares más hermosos del mundo. ¡Su vida era maravillosa!

Después de sus paseos por el bosque o de escalar alguna montaña su pasatiempo favorito era lamer su propio pelaje, tan amarillo y brillante como el mismísimo sol.  Para él era impresindible mantenerlo limpio, no solo para sentirse más guapo y aseado, sino también porque era consciente de que suscitaba una enorme admiración entre sus vecinos. Nuestro amigo el jaguar era un poco presumido y no perdía oportunidad para lucir su dorado pelaje todos los días.

Una tarde de verano estaba dormitando tranquilamente bajo un frondoso árbol de aguacate cuando de repente, se sobresaltó al escuchar unos ruidos extraños sobre su cabeza.

– ¿Qué ha sido eso?… ¿Quién anda por ahí perturbando el descanso de los demás?- gritó molesto el jaguar, pero los ruidos continuaban sin que alguien respondiera.

Miró hacia arriba y contempló extrañado que las ramas se agitaban y parecían chillar. Abrió sus grandes ojos y al enfocar la mirada descubrió  que se trataba de tres monos que, para entretenerse, estaban compitiendo  a ver quién arrancaba más frutos maduros en menos tiempo.

Entre sorprendido y enfadado les gritó:

– ¡Hey, ustedes! ¡Más respeto, por favor! ¿No ven que estoy durmiendo la siesta justo aquí abajo? ¡Dejen ese estúpido juego de una vez!

Los monos estaban pasándoselo tan bien, riendo y saltando de una rama a otra, que no le hicieron caso. De hecho, empezaron a lanzar aguacates al aire para ver cómo se despedazaban y lo salpicaban todo al chocar contra el suelo ¡Cómo se reían!

El jaguar, que ya no estaba en edad de juegos infantiles, empezó a perder la paciencia. Muy serio, se puso en cuatro patas, levantó la cabeza, y rugiendo les enseñó los colmillos a ver si lograba asustarlos y hacerles callar. Pero nada, como si no existiera.

– ¡Estoy harto de tanto alboroto y de que desperdicien la comida de esa manera! ¡Pongan fin a sus tonterías o se las verán conmigo!- Gritó furioso.

Por increíble que parezca ninguna amenaza surtió efecto y los monos siguieron jugando y riendo a carcajadas. Por poco tiempo, eso sí, pues la mala suerte quiso que uno de los aguacates se estrellara directo en el lomo del jaguar.  El golpe fue intenso y nuestro amigo se retorció de dolor.

– ¡Ay, ay, pero qué golpazo me han dado con uno de esos malditos aguacates! – protestó. Se revisó el lomo y notó que la zona se estaba inflamando, pero lo más grave fue comprobar cómo la pulpa se desparramaba por su pelo como si fuera manteca, formando un asqueroso pegote verde. ¡Su pelo estaba manchado! El presumido felino se puso, nunca mejor dicho, hecho una fiera.

– No… no… no puede ser… ¡Acaban de manchar mi bello y sedoso pelaje dorado, trío de inútiles!… ¡¿Quién ha sido el culpable?! ¡¿Quién?!

El mono que tenía las orejas más puntiagudas puso tal cara de pánico que él solito se delató;  el jaguar, con los nervios a flor de piel, reaccionó como suelen hacer los jaguares cuando se enfadan de verdad: dió un salto gigantesco, y cuando estuvo a la altura del mono atrevido, levantó la pata derecha y le asestó un zarpazo en la barriga. La víctima chilló de dolor, pero por suerte la herida era poco profunda. Al verse herido y con el jaguar de frente a él dispuesto a todo, el mono insolente propuso la retirada inmediata a sus compañeros.

– ¡Chicos, rápido, debemos irnos!… ¡Hay que escapar antes de que este tipo acabe con nosotros!

Al instante y como de rayo, los tres amigos bajaron del árbol y huyeron despavoridos. Una vez a salvo lejos del peligro, el mono herido dijo a los otros dos:

– Sé que el jaguar no merecía recibir un golpe con el aguacate y que ensucié su lindo pelo, pero no hubo mala intención por mi parte ¡Le di sin querer y miren lo que me ha hecho!- El mono mostró las marcas largas y ensangrentadas que las garras habían dejado sobre su piel.

– ¡No pueden imaginar lo mucho que me duele y escuece!…  Sinceramente, creo que no fue para que se enojara tanto, esto no se puede quedar así. Lo mejor es que vayamos a ver a Yum Kaax para saber qué hacer. ¡Él sabrá darnos el mejor de los consejos!

Yum Kaax, dios protector de las plantas y los animales, vivía en la montaña y era muy querido por su bondad, sabiduría y amabilidad. Recibió a los tres monitos con un sonrisa, los brazos abiertos y luciendo en la cabeza su característico tocado con forma de mazorca de maíz.

– Bienvenidos a mi hogar. ¿En qué puedo ayudarlos?- Dijo el radiante dios.

El mono que había tenido la idea de solicitar audiencia a la divinidad se disculpó.

– Señor, perdone que le molestemos a estas horas, pero hemos tenido un grave encontronazo con un jaguar.

– Está bien, tranquilos, cuéntenme lo sucedido.

El trío fue detallando la desagradable situación que habían vivido minutos antes. Nada más terminar, el joven dios, ya sin la sonrisa en la boca, resolvió:

– Tengo que decirles que su comportamiento ha sido penoso. ¡No se puede molestar a los demás mientras duermen, y por supuesto, tampoco es ético desperdiciar los aguacates que nos regala la tierra!… ¿Acaso no les han enseñado que está muy mal despilfarrar la comida?

Los monos agacharon la cabeza avergonzados. Yum Kaax continuó con la reprimenda:

–Bueno, ahora hay que curarte- le dijo al monito lastimado, y con sus poderes sanó la barriga rajada. – Y para que aprendan la lección, durante dos meses ustedes tres van a trabajar para mí limpiando los campos y recogiendo parte de la cosecha de cereal. ¡Este año estamos desbordados y necesitamos toda la ayuda posible!

Los tres amigos abrieron la boca para protestar, pero el dios no se los permitió.

– ¡Ah, no! ¡No admito quejas! Creo que este castigo será una buena forma de que ustedes también maduren… ¡como los aguacates!  ¡Ja ja ja!

A los monitos no se les hizo gracia y solo el dios se rio de su propio chiste.

– Madurar… Aguacates… ¡Bah, ya veo que no lo han entendido!   En fin, sigamos con nuestro asunto. Se quedó unos segundos pensativo y decidió el castigo para el felino.

– Dejaré que vuelvan a subir al árbol y lancen unos cuantos aguacates al lomo del jaguar. Esta vez, gracias a mis poderes mágicos, no le servirá de nada limpiarse y quedará marcado para siempre. Pagará por lo que ha hecho y de paso aprenderá a ser menos engreído.

El dios tomó aire e hizo una advertencia:

– Debo decirles que hay dos normas que deben respetar a toda costa: la primera, lanzar los aguacates con cuidado para no hacerle daño.

Los tres monos dijeron que sí con la cabeza.

– Y la segunda, deben ser aguacates muy maduros, de los que ya no se pueden comer porque están muy blandos y oscuros, a punto de pudrirse. No le causaran dolor, pero su pelo quedará manchado de por vida porque así lo he decido yo.

Los monos aceptaron las condiciones y tras dar las gracias a Yum Kaax se fueron directo al árbol de aguacate. Al llegar comprobaron que el jaguar había ido a bañarse, por lo que aprovecharon su ausencia para ocultarse entre las ramas. Desde allí le vieron regresar, de nuevo con el pelo limpio y reluciente, dispuesto a continuar con su plácida siesta.

El mono de orejas puntiagudas, que era quién dirigía la operación, susurró a sus colegas:

– Ahí viene… ¡Preparemos el arsenal!

El jaguar, sin imaginar lo que le esperaba, se acostó sobre la hierba y se durmió profundamente. En cuanto escucharon sus ronquidos, los tres monitos cogieron varios aguacates aguados, que por cierto ya olían bastante mal, y se los lanzaron sin más ni más. El atacado se despertó al momento y horrorizado comprobó cómo un montón de pulpa negra apestosa y viscosa llenaba de manchas su finísimo y precioso pelaje rubio.

– ¡¿Pero qué está pasando?!… ¿Quién me ataca?… ¡¿Qué es esta porquería?!- gritó desconcertado sin entender nada.

El monito de orejas puntiagudas, satisfecho con el resultado, se asomó entre las hojas y le contestó:

– Cumplimos las órdenes del dios Yum Kaax. A partir de ahora, tú y descendientes van a tener manchas oscuras en el pelo hasta el fin de los tiempos, para que dejes de ser tan presumido- y dicho esto los tres amigos se dieron a la fuga entre las ramas de los árboles.

El jaguar corrió a lavarse a orillas de un cenote, pero por mucho que se puso a remojo y frotó, las manchas no se disolvieron. Cuando salió del agua empezó a llorar de tristeza y no tuvo más remedio que aceptar el castigo impuesto por el dios Yum Kaax . Después de todo, reconocía que había sido demasiado presumido y vanidoso.

Así que a partir de ese día, los monos tienen prohibido jugar a guerras de aguacates y todos los jaguares tienen manchas oscuras en su pelo.

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