Reflexiones

En la oficina de Telégrafos se presenta Juanito, un chico de 10 años, hijo de la partera del pueblo con un mensaje para telegrafiar, el mensaje que la madre le dio es el siguiente:

“Para Arturo:

Tu esposa en alumbramiento inminente, urgente regreses a más tardar mañana en la noche. Trae a tu suegra, también recoge el Moisés de mimbre de la tienda, ya está liquidado. Después compra 15 paños de algodón y dos botellas de Jerez, y de paso dile al Padre en el pueblo que aparte la fecha para el bautizo.

Atte. Doña Francisca”

De manera que Juanito se para frente al mostrador, aclara su garganta y comienza a dictarle al telegrafista:

“Para Arturo:

Su esposa con regimiento y teniente, urgente regreses mañana porque tarde y noche también coge con don Moisés el de la tienda; sobre el mimbre ya liquidaron a su suegra con 15 palos de un tablón, y después le darán a su padre con dos botellas de jerez, ya tienen la fecha, y luego habrá vacile con todo el pueblo y de paso con Narciso.

Atte. Doña Francisca”

Cuando Arturo recibe el telegrama cae desmayado con el papel en mano.

Aunque esta historia -semejante a muchas de la vida real- resulte hilarante, pone de manifiesto que de todo lo que decimos algunos escuchan la mitad, entienden solo una cuarta parte y cuentan el doble. O como dicen en mi pueblo “Así se hacen los chismes”. Y esto no es solo cosa de niños. También a los adultos nos ha pasado en alguna ocasión que hemos dado mal un recado, informamos a medias sobre un asunto, o exageramos «un poquitín» alguna conversación.  Por lo tanto, siempre es mejor asegurarse de comprender antes de repetir, y por supuesto no añadir.

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