Reflexiones

Cierto ministro religioso se despierta un domingo por la mañana decidido a jugar golf. Quiere tomarse el día pero sabe que tiene el deber de dirigir la misa, así que le dice al sacristán que se siente enfermo y lo convence de que sea él quien se encargue del servicio religioso, aunque sea por esta ocasión.

En cuanto el sacristán sale de su habitación, el ministro se viste de inmediato, sale a hurtadillas de la casa y se dirige a toda velocidad hacia un campo de golf que está a unos 80 kilómetros de distancia de la zona, para evitar toparse con alguno de sus feligreses. Ya en el campo, cuando está a punto de dar el primer golpe con su lustroso palo de golf, se da cuenta de que no hay una sola alma cerca. Después de todo, es domingo por la mañana y la mayoría de la gente se encuentra en la iglesia.

Entonces, San Pedro que ha seguido de cerca todas las actividades de esa mañana, se inclina hacia Dios -mientras, mira molesto al ministro desde el cielo- y le pregunta:

—Señor, no vas a dejar que se salga con la suya, ¿verdad?

El Señor suspira y dice:

—No, supongo que no.

El reverendo se siente satisfecho porque ha logrado su cometido de escaparse para jugar, de manera que, con entusiasmo deportivo, golpea la pelota, que pega directamente en el palo del banderín y cae a un lado; luego, rueda y entra en el agujero. ¡Es un hoyo en uno desde casi 350 metros! Toda una hazaña. Algo digno de una gran ovación…pero no hay público.

San Pedro está perplejo. Voltea a ver al Señor y exclama:

—¡Pero Señor ¿por qué lo dejaste hacer eso?!

—No te preocupes Pedrito, ¿a quién se lo va a contar? —contesta Dios con toda serenidad.

A veces la vida tiene esas ironías, te deja ganar y salirte con la tuya estrepitosamente, pero a cambio no te permite contarlo sin delatarte y acarrearte problemas. El precio de ganar en ocasiones le arrebata el dulzor a la victoria, especialmente en aquellas situaciones que suponen un dilema moral. ¿Qué inclina tu balanza? ¿el ego que suplica gritar la muy acariciada victoria o la prudencia de callar porque compartir ese triunfo significará exponer una cuestión poco ortodoxa? Vaya encrucijada ¿no?. Es para todos una crueldad tener que elegir.

Conceder o callar. Estimado lector ¿cada cuánto tienes esta disyuntiva?

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